

Lo que sé sobre la violencia siempre llega después de la violencia.
La violencia es algo que he atravesado muchas veces. Cada vez, lo primero que se derrumba no es el cuerpo, sino la capacidad de comprender lo que le está ocurriendo a uno mismo. Solo después, mucho después, empieza a aparecer el lenguaje. No experimento la violencia como un suceso, sino como una dimensión prima del ser — presente antes de toda categorización jurídica o moral. Porta a la vez una capacidad creadora y destructora, moldeando y arrancando una estructura del Caos, o derribándola para devolverla al Caos. En mi práctica, creación y destrucción no son dos estados opuestos; operan simultáneamente como una misma energía activa, que obliga al sujeto a sobrepasar sus propios límites.
Hasta hoy, la capacidad de generar violencia sigue siendo la unidad de medida fundamental de la mayoría de los contratos sociales e instituciones. Intentamos volverla invisible en la vida cotidiana mediante procedimientos, trámites, leyes - pero su sombra sigue asomando siempre como una garantía. Lo que me interesa no es el acto de violencia en sí, sino el instante en que esa estructura de garantía se derrumba, dejando al ser humano sin la capacidad racional de entender lo que le sucede.
En la violencia, se percibe todo de manera simultánea, no secuencial. El cuerpo, la moral, y el desconcierto que encoge el ser ocurren a la vez, sin ningún orden ni jerarquía. Ya no hay distancia para analizar. Solo mucho después aparecen las palabras, para remendar lo que se ha roto en forma de relato o de recuerdo. Pero toda interpretación llega después, y esa experiencia nunca se cierra del todo; sus huellas reaparecen continuamente en el cuerpo y en los sueños.
Las obras de este conjunto no intentan narrar ni representar la violencia. Busco situaciones donde el espectador se enfrenta a la fragilidad de su propia capacidad de percepción - el instante en que el cuerpo sabe más que el lenguaje, y el sentido siempre llega más tarde que la
experiencia.
Por eso, este texto lleva consigo un límite infranqueable: emplea el propio pensamiento racional para hablar de un lugar donde la razón se ha derrumbado. Las palabras aquí solo pueden señalar el camino. Esa conmoción no puede interpretarse: tiene que ser el encuentro mismo entre la obra y el cuerpo del espectador.
RESIDENCIAS
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RESIDENCIA 2026 BOGOTÁ
VIOLENCIA
QUANG TRUNG, NGUYEN
Lo que sé sobre la violencia siempre llega después de la violencia.
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